Karina Morante T.

 

 

En este proyecto, Karina Morante ha querido dar la vuelta a su propia narrativa visual para explorar el sentirse observada, para mirarse y no reconocerse en una búsqueda autobiográfica en la que ha decidido quedarse fuera de principio a fin y no participar en el proceso.

¿Qué es el placer? En lo que respecta a la mirada fotográfica, debemos plantearnos la pregunta desde ambos lados. Entendemos el placer desde esa mirada que nos permite tener todo bajo control y encontrarnos a salvo de la exposición a los demás, la cual nos hace sentir una desnudez psíquica y, a su vez, una clara autocrítica física. Nos produce placer el tener delante de nosotros a ese «objeto del deseo» que queda desprovisto ante nuestro punto de mira, que observa a salvo, escondido. Este proyecto trata de romper esta comodidad del placer fotográfico mediante un giro de 180º. Con total libertad, el «yo» que observa se expone para ser vigilado y capturado sin normas, sin más límites que las veinticuatro fotografías a color de una cámara desechable, multiplicadas por cinco miradas. Unas miradas familiares y amigas que harán cuestionarse al «yo» ese miedo en devenir el propio objeto visual por primera vez. En palabras de la autora: «Una semana de vacaciones de verano, el placer por excelencia. En IBIZA (así, en mayúsculas). Y allí empieza todo, a veces me dicen que pose, a veces no […] A veces me olvido, a veces lo recuerdo y, al final, me acostumbro. Y ahora veo las 72 fotos, y no me reconozco».

Allá entre las sombras, al otro lado de la cámara, es difícil entender eso que es «Lo que vemos, lo que nos mira» adentro, en palabras de Didi-Hubermann. Al mismo tiempo, nos devuelve una pregunta: ¿por qué, desde nuestra incomodidad, ese «Odio a los indiferentes» gramsciano? ¿Por qué los otros disfrutan exhibiéndose? Sin embargo, cuando nuestro miedo se convierte en valentía, el «yo» cae patas arriba y queda al descubierto, temeroso de descubrirse a sí mismo bajo su camuflaje protector, dentro del no ser que se emancipa y se experimenta como objeto visual, unas veces más consciente que otras pero, por fin, aceptado por sí mismo en esta época de horror vacui de la imagen en la que reina la exhibición del «yo» en las redes sociales. Así, las críticas ajenas se vuelcan hacia nosotros mismos: «¿Será que también estoy cuestionando su realidad y su propio placer? […] Pero ahora tenía que cuestionarme todo eso, cambiar mi postura, incomodarme, ceder el control, dejar… soltar». Se trata, en definitiva, de una proposición autoimpuesta de coraje que, en palabras de Juan Mayorga, se explica de la siguiente manera:

«Creo que la cualidad fundamental de un artista debería ser el coraje, y que esa habría de ser también la cualidad fundamental del espectador, del lector, del receptor de la obra de arte. Y creo que deberíamos hacer un teatro tal del que huyesen los cobardes, un teatro tal que cuando un cobarde viese un teatro se alejara de él porque allí podría esperarle algún peligro. El arte ha de ser peligroso para quien lo hace y para quien lo completa, que es el espectador».

Lydia Merinero Crespo